16/10/19

De papá, para el planeta.

DE PAPÁ, PARA EL PLANETA

Tamar-Samar Neva Ruiz Gimnasio Campestre Beth Shalom

“¿En serio los conociste papá?” cuestionaron al unísono, con los ojos brillantes y enormes. Me gustaba verlos a los ojos cuando me era posible, solo algunas horas al día. “Desde luego, ¡y en persona!” respondí con la espalda erguida, orgulloso de mis palabras y enternecido hasta la médula por el efecto que dichas causaban en mis pequeños, frágiles y esperanzados hijos.

Mi pequeña Alicia cubría sus tosidos grisáceos y carraspeos de garganta con el cubrebocas temporal que debía llevar mientras que Tomás, el mayor de los dos, le sobaba la espalda sin darle mayor importancia. Los tres nos sentábamos a cenar como era usual, en una mesa redonda y roída, a platicar de nuestro día. Ellos siempre tienen algo interesante que contarme, pero yo no me quedo atrás. Soy su padre después de todo, mi trabajo es asegurarme de que sus ojos permanezcan brillantes y abiertos de par en par, fascinados por la vida, durante muchos años más. Si no están fascinados por la vida, me temo que no podré criarlos para protegerla… “¡Cuéntanos! ¡Cuéntanos!” exclamaban con entusiasmo pueril. Me partía el corazón oír que sus voces estaban roncas. “Muy bien” dije, acomodándome los guantes. “Todo ocurrió así”. Estaba caminando a través de las calles de la ciudad, apartando con los pies los residuos que caían frente a mí. De ellos desprendía un olor fétido que se podía percibir a leguas. Era un olor verdoso artificial tan tóxico como sus propios componentes que no hacía más que quemarme la nariz. Completamente irrespirable. Me recordaba aquella escena, en una película de Michel Ocelot; el protagonista debía atravesar una puerta que disparaba gas tóxico e impregnaba de dicho la habitación, era necesario lanzar una llave para que el gas se detuviera.

A veces pienso en aquella escena, miro mis manos con impotencia y me pregunto dónde está la llave y a dónde debemos lanzarla para que la toxicidad impregnada en los confines de la ciudad desaparezca de una vez por todas. Suspiraría por la tristeza, pero es imposible. En fin, estaba caminando por las calles de la ciudad que lucían más brillantes que de costumbre, cuando de repente diviso una sombra acechando mi espalda.  

“¡No puede ser!” exclamaba Alicia cubriéndose los ojos y dejando que sus pupilas se asomaran entre sus dedos mientras Tomás se inclinaba hacia mí, mostrando matices de asombro y nerviosismo en cada músculo de la cara. “En efecto, era él” dije con una voz profunda y susurrante, acercándome a ellos y mirando hacia ambos costados para fingir que aseguraba el perímetro. “Era… ¡Impactus!” exclamé, para romper el suspenso que había querido causar en ellos.

Ambos dieron un pequeño brinco y llenaron de aire sus pulmones como reacción natural a la sorpresa. Debido a esto, Alicia comenzó a toser más fuerte.

“¿Estás bien pequeña?” cuestioné frenando la historia.

“Eso no importa papá” decía ella restándole relevancia, enojada porque había parado con el ansiado relato diario de la cena. “¡Continúa!” agregó con ansias de saber lo que pasaba, aunque respiraba de forma audible con dificultad. Sonreí con matices de   melancolía   en   mi   rostro, incomprensible para ellos. Como decía, era Impactus. Y sabía que se trataba de él por las cosas que me susurraba al oído. Decía que lanzara el contenido de mis bolsas a las montañas de residuos a mi alrededor, una pila más, una pila menos… dijo que sería más fácil, podría regresar a casa temprano, y no tendría que preocuparme por las consecuencias porque, después de todo, ¿qué tanto podría afectar una acción tan ínfima como la mía? “¡No papá, detente!” exclamó Tomás, interrumpiéndome de inmediato. “¡Trataba de usar su control mental sobre ti para robar tu…tu…” “¡Conciencia ambiental!” dijo Alicia para complementar las palabras de su hermano. “¡Exacto!” añadió él.

“¡Tu conciencia ambiental!”. “Bueno, desde luego que lo intentó. Pero allí no solo estaba la sombra de Impactus…” mientras las palabras salían de mi boca, veía el reloj colgado en la pared, detallando cómo cada minuto con ellos pasaba, casi marcado por el segundero. Me encontré cara a cara con… “¡La liga retorna, la liga retorna!” canturreaban saltando en sus asientos, con brillo de esperanza en sus ojos aliviados y a la vez extasiados con la idea de que su padre, alguien tan común, se hubiese topado con aquellos héroes que tanto admiraban los dos. “¡Bingo!” exclamé poniéndome de pie y moviéndome en el espacio como si se tratara de un escenario, dramatizando para ellos todo lo que decía a pesar de que mis huesos débiles y quebradizos me dolían vivos dentro de la piel.

¡Allí estaban ellos! Ecobit; el mejor robot informante jamás inventado por la humanidad, y también los mellizos Atom y Alkalina, con la inigualable capacidad de cerrar el ciclo de las pilas y baterías con energía positiva. Tanto Alicia como Tomás tarareaban al unísono los nombres de Atom y Alkalina. Al ser hermanos también, aspiraban a ser como ellos. Los admiraban más que a los demás, y por eso les cuento historias en los que ambos aparezcan. Les devuelve la vitalidad a sus rostros ojerosos y demacrados. En fin. Los mellizos caminaron hacia mí con pasos imponentes y a la vez frescos, como si sus brillantes rostros llenos de jovialidad no encajaran con el resto del paisaje. Señalaron a Impactus al mismo tiempo, y con una voz fuerte y potente, le ordenaron marcharse de ahí y dejar en paz mi conciencia.

“¡Papá, papá! ¿Cómo era Alkalina?” Cuestionó Alicia. “Era fuerte, se notaba su valentía en cosas tan simples como su andar o su forma de hablar, pero también se veía que tenía un corazón tierno, lleno de amor para dar” “¿Cómo el mío?” cuestionaba llena de ilusión tornasolada, impregnada en su iris de color marronáceo.

“Como el tuyo” contesté en un susurro para evitar que notara mi voz quebradiza, ocasionada por algo tan simple como su ternura etérea. “Y Atom era la viva imagen de Tomás, siempre justo y recto, sin miedo de luchar por lo que es correcto”.

“¡Así es!” exclamó él, poniéndose de pie sobre la silla y adoptando una pose heroica que habría visto en algún lado.

Ellos dos me enseñaron que las baterías tenían dentro de ellas residuos tóxicos, como el mercurio, y que debía depositarlas en un contenedor especial.

 “Obviamente, no pueden teletransportarse a todos lados, extrayendo el mercurio de las pilas con sus superpoderes. Deben educar a los ciudadanos para que hagan lo correcto” afirmó Alicia, imitando frases que alguna vez había visto en la televisión.

“¿Y cómo podemos hacer lo correcto?” cuestioné.

“Depositándolas en el contenedor especial. Ese grande que tiene un dibujo de una pila” respondió Tomás. Yo asentí dándole la razón. “Muy bien, ya lo saben. Pero hoy aprendí algo nuevo de Ecobit; se llama reciclaje tecnológico”. Ambos me miraron a los ojos con intriga, curiosidad y ansias de saber más al respecto. “Significa que muchos componentes de los aparatos electrónicos deben separarse para usarse de nuevo, o reciclarse cada uno aparte” afirmé dando una explicación detallada, como siempre hacía con ellos. Lo recordarían cuando fuese necesario, esperaba que lo recordaran.

“¿Cómo hacemos eso?” cuestionaron, a lo que les respondí que debían enviar los aparatos que ya no sirvieran de vuelta a la fábrica. Mientras lo hacía, recogía sus platos y colocaba de nuevo sobre sus pequeños rostros aquellas máscaras de gas que, aunque estuviesen pintadas de colores o llenas de calcomanías, no me permitían ver el rostro de mis hijos cuando quisiera. La tos de Alicia cesó, y repitiendo la información mientras cantaban se fueron a dormir. El mundo está en sus manos, y yo solo quiero que recuerden mis palabras por el resto de sus vidas, mientras aún están a tiempo de ser héroes por una causa que muchos en el pasado vieron perdida hasta que se dieron cuenta de que no había otra opción.

Ellos son los héroes… todos lo somos.